Sin planearlo, un mundo entre cada cientos, llama tu atención, y detienes tu tren, las puertas se abren y respiras el ambiente, te parece agradable, bajas, das unos pasos, te quedas un tiempo, pero sabes desde el inicio que no querrías quedarte ahí por siempre, no cambiarías todo ese camino que hay adelante, por el mundo que tienes enfrente, no puedes quedarte sin saber qué es lo que hay más allá, parecerás inestable, pero no quieres dejar de avanzar, conocer, y decides: Tengo que seguir en movimiento.
Pero aún existe entre ellos otra clase de mundos, mucho más escasos, de la clase de mundos que muchas personas pasan su vida buscando, sin encontrar. Pero tú, siempre en movimiento, los encuentras, te detienes, las puertas se abren y respiras el ambiente, te parece agradable, bajas, das unos pasos, te quedas un tiempo, y entonces algo cambia, no sientes la necesidad de irte. Ya no crees que saber qué hay más allá sea importante, y buscas la forma de quedarte.
[ Dentro de un mundo como ese, me preguntaron un día: "¿No buscas llegar en algún momento a la estabilidad? ¿Nunca has querido quedarte en un lugar?"]
Pero como si de una cruel broma se tratara, no puedes quedarte, no hay forma, por más que la busques, por más que te esfuerces, y por más que lo intentes. Y tu tren sigue ahí, con las puertas abiertas, llamándote mientras esperas una señal, el más mínimo indicio para desafiar al universo, y quedarte.
Esta vez no es elección: Tienes que seguir en movimiento.
Caminas en dirección a tu tren, y mientras lo haces, te preguntas qué habrá en las próximas estaciones, ¿habrá mundos que te hagan detener?, ¿habrá mundos en los que te quieras quedar?. Tal vez los haya, o tal vez sea sólo un largo viaje en tren hasta descarrilarse, pero no es momento de pensar en eso todavía, pues antes de subir al tren, te detienes de nuevo, das media vuelta para adentrarte de nuevo a ese mundo y arriesgas un poco más:
[Tal vez puedo buscar esa señal un poco más.]
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